Sensaciones y autismo (primera parte)

Sensaciones y autismo (primera parte)

Por:  Brenda Jackeline López Miranda

¿Te has preguntado por qué una de las imágenes más estereotipadas del autismo es una persona alejada del resto, tapándose los oídos y/o balanceándose?

Es sin duda una imagen muy conocida pero no siempre muy bien explicada. Taparse los oídos, el balanceo, la búsqueda de movimiento, miedo a cosas cotidianas como subirse a un columpio, una hamaca o rodar sobre una pelota, son situaciones que muchas de las personas con autismo viven, niños y adultos por igual; cada uno con una expresión única ante este miedo o necesidad, pero con una raíz común, integración sensorial.

A continuación, trataremos de explicar de forma breve pero precisa qué es la integración sensorial, por qué cobra importancia en el autismo y cómo es que podemos abordarla.

Para definir qué es integración sensorial citaremos a Ayres (2012), quien la define como la organización de sensaciones que realiza el cerebro para que una persona se mueva, aprenda y se comporte de forma apropiada.  Es decir que, contar con una adecuada integración sensorial nos da oportunidad de generar respuestas adaptativas ante el constante bombardeo de estímulos que recibimos del medio ambiente y de nuestro propio cuerpo.

Sabiendo esto, podríamos entonces llegar a una definición de lo que se concibe como desintegración sensorial. Un pobre procesamiento y organización de los estímulos del medio ambiente, reflejándose en dificultades motoras, de aprendizaje, de atención y planeación.

No es que las personas con autismo carezcan de integración sensorial; sino que el procesamiento esperado no ocurre; y derivado de ello habrá  más esfuerzo y dificultad para tener respuestas adaptativas; pero las pueden desarrollar.

Pensando puntualmente en el autismo, ¿cuándo deberíamos comenzar a “ver” la importancia de la integración sensorial?; desde recién nacidos. Un bebé se comunica y conoce el mundo al que ha llegado a través de sus sentidos, antes de habla y del movimiento independiente, su sentido de la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto son sus canales de conocimiento.

Desde este momento hasta aproximadamente los 6 años de edad, el cerebro es básicamente una máquina de procesamiento sensorial. Esto quiere decir que siente las cosas y adquiere su significado directamente de las sensaciones, un niño en esta edad genera mas sensaciones que pensamientos.

Sus respuestas adaptativas son más motoras que mentales; de ahí que a los primeros años de vida se les denomine como etapa de desarrollo sensoriomotor.

En el autismo pareciera que esos canales sensoriales son muy abiertos y entonces hacen que las sensaciones entren de golpe e incluso de forma violenta; o bien son caminos sumamente estrechos y angostos que impiden el paso de la sensación de manera fluida, en su lugar las sensaciones transcurren lento, por goteo, y la información que proporcionan a la persona de su ambiente es mínima o nula.

Si no recibo adecuadamente las sensaciones y mi organización de las mismas se vuelve más complicada, mis respuestas (las socialmente esperadas) son poco adaptativas. Si tengo autismo buscaré formas de compensar esa falta o exceso de sensación, de manera que mi cuerpo pueda sentirse mejor en relación al medio ambiente. De ahí el balanceo, tapar oídos, brincar constantemente, necesitar estar en el suelo, aplaudir de forma fuerte y repetida, girar, evitar subirse al columpio, comer solo cosas crujientes o quizá líquidas, evitar tocar consistencias viscosas como espuma, gel, yogurt, etc. 

No se trata solo de la selectividad y tendencia a conductas restrictivas y repetidas propias del autismo, muchas veces también es en relación a una necesidad sensorial expresada a través de conductas muy específicas. Identificar estos retos sensoriales no resulta tarea fácil; actualmente no hay forma de medir un desorden sensorial ya que no se trata de un problema médico. El personal de salud generalmente recurrirá a estudios de laboratorio y medidas cuantitativas que permitan descartar alguna alteración biológica; los padres a veces tampoco se percatan de estas dificultades ya que creen que son conductas “porque tiene autismo” (vale la pena mencionar que los problemas de integración sensorial no son exclusivos del autismo; están presentes en todos los trastornos del neurodesarrollo e incluso en millones de personas que no tienen alguna condición o diagnóstico, expresándose como dificultades de lectura, mala conducta, personas inquietas, con pobre coordinación, dificultades de atención, etc.), cuando en realidad muchos de esos comportamientos o conductas disruptivas pueden regularse a través de una intervención apropiada.

Un terapeuta ocupacional o terapeuta físico con preparación en integración sensorial es la persona más indicada para poder detectar, intervenir y dar seguimiento en esta área. 

Brenda Jackeline López Miranda

Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, egresada en 2011 con  Mención Honorífica. Experiencia laboral como psicóloga en contextos de salud con pacientes pediátricos y familias.

Terapeuta, integradora educativa y coordinadora de clínica en el trabajo con niños y niñas con autismo y sus familias.

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